Como si de una macabra broma divina se
tratara, el día amaneció gris aquella mañana. Una espesa niebla
impedía ver más que siluetas a cinco metros de distancia. Las hojas
caían suavemente de los árboles y ningún coche había por la
calle, como temerosos de perturbar la silenciosa atmósfera que se
respiraba. El gélido aire invernal se colaba como un suspiro por mis
pulmones y volvía a salir a la superficie en forma de vaho. Decidí
abrochar la cremallera de mi abrigo completamente pese al esfuerzo que suponía para mis gélidos dedos, pero el esfuerzo se tornó inútil.
Lo sabían, desde luego que lo sabían,
¿pero cómo podrían haberse enterado? Quizá mi compungido rostro
no dejase opción a dudas. Todos mis intentos por ocultarlo se desvanecían como si de una frágil construcción de paja se trataran. Sus inquisitivas miradas horadaban mi
espíritu y conseguían ponerme extremadamente nervioso. Quería
levantarme y gritarles, pero mi peso era demasiado grande para
intentar tamaño propósito. Métanse en sus asuntos, déjenme vivir.
Intentaba apartar los ojos de ellos pero su mirada se clavaba en mi
nuca como un aguijón. Estaba desesperado, angustiado. Nunca llegaría
a tiempo, era el final. Después de ese día mi forma de enfrentarme
al mundo cambiaría para siempre. ¿Quién era yo, al fin y al cabo,
para cuestionar los designios divinos? Si ese era mi destino, debía
acatarlo. La pesada carga me había sido encomendada a mí por algo.
Un sudor frío recorrió mi espinazo,
consciente de que el momento estaba próximo. El tiempo no cedía, mantenía su estatus de juez impasible descontando segundos para el trágico
desenlace. Tic, tac, mi reloj avisaba. Tic, tac, el tiempo se acerca. Tic, tac, prepárate. Tic, tac, es la hora. Ya era tare para
volver atrás, aunque puede que siempre hubiera sido tarde. Nunca imaginé que ese instante fuera a llegar, al
menos de esta forma. En una vida tan corta como lo es la humana no se debería llegar a esto, es demasiado cruel. Me estaba cagando.
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